viernes, 21 de agosto de 2015

Fuego de Dioses

LA POESIA DE LOS DONES DEL FUEGO

El poeta es también ladrón del fuego. Prometeo robándole a Atenea el secreto de las Artes y la luminarias de Hefesto para que el hombre superviva. Rene Char nos dice en su «Partición Formal», que «el alojamiento del poeta es uno de los más imprecisos: el abismo del fuego triste licita su mesa de madera blanca». Y así, por obra del lenguaje, el fuego deja de ser esa sustancia física y aleatoria para convertirse en metáfora, ahora palabra quemante. Ladrón de los símbolos del fuego es Nelson Ospina, pero un ladrón que huyendo de la morada de la Musa, va dejando tras su huida una estela luminosa, va creando un universo para condenarnos a la belleza y después decirnos ; «Que me perdonen los Dioses/ nadie más quiere hacerlo».
Y esa es la función de la poesía: robarle a las palabras masticadas por la retórica cotidiana su mas alto sentido y, vaciándolas de su significado aparente, crear, el poema. Por eso el poeta siempre va tras lo oculto, no ocultándose, y es allí donde el misterio se nos aparece para palparnos la existencia.

La-poesía* es para Nelson.Ospina «simbolismo verbal». Su primer libro que tituló «Símbolos», hace alusión precisamente  a todos aquellos códigos mágicos que la cultura ha impreso en la conciencia del hombre : la cruz, la manzana, el laberinto, el libro, el poder, etc. Todo aquello nos viene de las religiones, la filosofía, el capitalismo y las diferentes cosmovisiones.
De por sí adopta una visión muy personal de abordar los eternos temas de la poesía y eso constituye ya un reto y una actitud rebelde. «Símbolos», que parece un libro frío porque nos imponga leerlo desde una actitud erudita, nos es otra cosa que la despersonalización de la historia y del pensamiento en la poesía, en lo sagrado, y en eso hay que encontrar su significado más profundo. Pero un libro de poesía ante todo debe leerse con la sensibilidad. «Vivo la experiencia sensible y no la experiencia lógica», escribió Bataille. «Fuego de Dioses», sin embargo, implica muy veladamente un rompimiento con la rigidez poética de su trabajo anterior.
 Aunque la magia los une, el tono los separa. Aquí el poeta se declara poseído por la Diosa Blanca. Escribir es evocarla, nos dice Robert Graves. Y  Ospina sabe evocarla desde sus diferentes metamorfosis, desde sus muchas moradas, de ahí que este libro nos proponga varias lecturas, pues la poesía que no sea capaz de crear significados
se sabe perdida de antemano. El amor, el erotismo y lo telúrico parecen ser sus constantes. La unión carnal y espiritual, «los dos tomos de la Obra» de Vallejo están en Ospina. En un poema nos habla de «crucificados en cuna dé dos», en otro de «helecho y orquídea/ del jardín de dos». Pero los cuerpos aquí se encuentran para oradar el vació, para ellos el mismo ser también vacío : «Mujer secreta de mi carne/ aquí en medio del vacío donde habita la nada/ y nacen los sueños, aquí estoy-contigo».
En «Fuego de Dioses» el poeta se encuentra constantemente librando una batalla entre batallas : la muerte, el Demonio, la guerra, la cópula o el Destino. Siempre lo encontramos situado frente a lo abismal ; ubicado en una actitud de vacío espera a su Amante Cósmica, la de muchos rostros, la que es «Dios hecho mujer tras su vestido». Es el fuego de lo telúrico buscando su recompensa en el deseo, fuente del bien y el mal.

El fuego como muerte y resurrección : Nacer como el pájaro de oro/ de las cenizas de uno mismo». El amor en esta poesía se vive entre demonios y es arte del poeta exorcizarlo como a un conjuro. A propósito cito entero el poema «Este anillo», que es una joya en este libro :
«Sólo dios sabe la inocencia del pecado que compartes conmigo en el secreto lecho de estos versos.
Pulo un rostro de obsidiana y sándalo par exorcizar la piedra del demonio».

Con todo, hay que decir que Nelson Ospina sigue siendo un poeta muy personal en medio de nuestro alarido poético mal entendido, mal planteado. Estudioso de las mitologías, admirador de Platón como el máximo poeta y no menos de Whitman y Lorca, ha entendido que la poesía es ante todo diálogo. Y diálogo es este libro que busca en la esencia de la belleza su comunicación ancestral con otros mundos, la «otredad» tan amada de Rimbaud. Y termino con otro de sus bien logrados versos : «Acido del odio y la amargura/ que nada han podido con la poesía».
Nelson Romero Guzmán