LA POESIA DE LOS DONES DEL FUEGO
El poeta es también ladrón del fuego.
Prometeo robándole a Atenea el secreto de las Artes y la luminarias de Hefesto
para que el hombre superviva. Rene Char nos dice en su «Partición Formal», que
«el alojamiento del poeta es uno de los más imprecisos: el abismo del fuego
triste licita su mesa de madera blanca». Y así, por obra del lenguaje, el fuego
deja de ser esa sustancia física y aleatoria para convertirse en metáfora,
ahora palabra quemante. Ladrón de los símbolos del fuego es Nelson Ospina, pero
un ladrón que huyendo de la morada de la Musa, va dejando tras su huida una
estela luminosa, va creando un universo para condenarnos a la belleza y después
decirnos ; «Que me perdonen los Dioses/ nadie más quiere hacerlo».
Y esa es la función de la poesía: robarle
a las palabras masticadas por la retórica cotidiana su mas alto sentido y,
vaciándolas de su significado aparente, crear, el poema. Por eso el poeta siempre
va tras lo oculto, no ocultándose, y es allí donde el misterio se nos aparece
para palparnos la existencia.
La-poesía* es para Nelson.Ospina «simbolismo
verbal». Su primer libro que tituló «Símbolos», hace alusión precisamente a todos aquellos códigos mágicos que la
cultura ha impreso en la conciencia del hombre : la cruz, la manzana, el
laberinto, el libro, el poder, etc. Todo aquello nos viene de las religiones, la
filosofía, el capitalismo y las diferentes cosmovisiones.
De por sí adopta una visión muy personal
de abordar los eternos temas de la poesía y eso constituye ya un reto y una
actitud rebelde. «Símbolos», que parece un libro frío porque nos imponga leerlo
desde una actitud erudita, nos es otra cosa que la despersonalización de la
historia y del pensamiento en la poesía, en lo sagrado, y en eso hay que
encontrar su significado más profundo. Pero un libro de poesía ante todo debe
leerse con la sensibilidad. «Vivo la experiencia sensible y no la experiencia
lógica», escribió Bataille. «Fuego de Dioses», sin embargo, implica muy
veladamente un rompimiento con la rigidez poética de su trabajo anterior.
Aunque la magia los une, el tono los separa.
Aquí el poeta se declara poseído por la Diosa Blanca. Escribir es evocarla, nos
dice Robert Graves. Y Ospina sabe
evocarla desde sus diferentes metamorfosis, desde sus muchas moradas, de ahí
que este libro nos proponga varias lecturas, pues la poesía que no sea capaz de
crear significados
se sabe perdida de antemano. El amor, el erotismo y lo telúrico parecen ser sus constantes. La unión carnal y espiritual, «los dos tomos de la Obra» de Vallejo están en Ospina. En un poema nos habla de «crucificados en cuna dé dos», en otro de «helecho y orquídea/ del jardín de dos». Pero los cuerpos aquí se encuentran para oradar el vació, para ellos el mismo ser también vacío : «Mujer secreta de mi carne/ aquí en medio del vacío donde habita la nada/ y nacen los sueños, aquí estoy-contigo».
se sabe perdida de antemano. El amor, el erotismo y lo telúrico parecen ser sus constantes. La unión carnal y espiritual, «los dos tomos de la Obra» de Vallejo están en Ospina. En un poema nos habla de «crucificados en cuna dé dos», en otro de «helecho y orquídea/ del jardín de dos». Pero los cuerpos aquí se encuentran para oradar el vació, para ellos el mismo ser también vacío : «Mujer secreta de mi carne/ aquí en medio del vacío donde habita la nada/ y nacen los sueños, aquí estoy-contigo».
En «Fuego de Dioses» el poeta se
encuentra constantemente librando una batalla entre batallas : la muerte, el
Demonio, la guerra, la cópula o el Destino. Siempre lo encontramos situado frente
a lo abismal ; ubicado en una actitud de vacío espera a su Amante Cósmica, la
de muchos rostros, la que es «Dios hecho mujer tras su vestido». Es el fuego de
lo telúrico buscando su recompensa en el deseo, fuente del bien y el mal.
El fuego como muerte y resurrección :
Nacer como el pájaro de oro/ de las cenizas de uno mismo». El amor en esta
poesía se vive entre demonios y es arte del poeta exorcizarlo como a un
conjuro. A propósito cito entero el poema «Este anillo», que es una joya en
este libro :
«Sólo dios sabe la inocencia del pecado
que compartes conmigo en el secreto lecho de estos versos.
Pulo un rostro de obsidiana y sándalo par
exorcizar la piedra del demonio».
Con todo, hay que decir que Nelson Ospina
sigue siendo un poeta muy personal en medio de nuestro alarido poético mal entendido,
mal planteado. Estudioso de las mitologías, admirador de Platón como el máximo
poeta y no menos de Whitman y Lorca, ha entendido que la poesía es ante todo diálogo.
Y diálogo es este libro que busca en la esencia de la belleza su comunicación
ancestral con otros mundos, la «otredad» tan amada de Rimbaud. Y termino con
otro de sus bien logrados versos : «Acido del odio y la amargura/ que nada han
podido con la poesía».
Nelson Romero Guzmán

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